Mespelbrunn

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Recuerdo un largo día de Junio de 2016 en la ciudad de Nuremberg.

En 1945, posterior a los constantes bombardeos y a la invasión de los aliados, de Nuremberg no quedaban más que ruinas. Fue en algún momento de ese mismo día cuando me pregunté: ¿Qué es lo que estoy viendo aquí? ¿Qué son éstas ruinas, ésta Catedral o ése Castillo? ¿Acaso nada más que reconstrucciones de lo que alguna vez fueron edificios históricos?

El Castillo de Mespelbrunn (foto), por el contrario, muestra la torre circular intacta del Siglo XV, y el resto de su estructura del Siglo XVI. Sus dueños: la familia Echter. La conclusión es simple: la propiedad se salvó de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial debido a su ubicación, lejos de cualquier objetivo militar.

Luego de pagar la entrada, me avisaron que el tour dentro del Castillo era en alemán. De más está decir que no entendí absolutamente nada. Sin embargo, tampoco hizo falta. El interior del Castillo se disfruta a la vista. ¿Qué podría decir un guía acerca de una espada, o de una mesa de ajedrez, o de una ventana con vista a la laguna?

También, se disfruta desde los jardines. La foto fue tomada desde una mesa y luego de dos o tres cervezas claras. Mespelbrunn es uno de esos sitios que cuesta abandonar, donde nadie se anima a ser el primero en decir “vamos, ya está, ya fue, sigamos viajando”. No miento si digo que ahí sentado, lo admiré todo durante una hora y media. El clima de Junio ayudó bastante.

Volvería, pero sólo para caminar el jardín, tomar una cerveza más y fotografiar al cisne que, cada tanto, se deja ver.

 

 

 

La Basura Triste

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La tristeza existe en la basura.

Lo que la basura transmite, o muestra, no es más que aquello que ha sido desechado, u olvidado. La sensación de la tristeza, y una suerte de agobio provocado, quizá, por cierta impotencia.

Es fácil decir “no es mi culpa” porque definitivamente yo no he tirado esa basura ahí, en esa playa que podría ser, digamos, cualquier playa de México. Sin embargo, siendo el ser humano el Gran Creador de la Basura, pues yo también debo, en alguna medida, ser responsable.

Creo que existe una diferencia entre la basura que se halla al costado de un ruta, y la basura que se halla a la orilla del mar. Sin embargo, es una distinción que no logro explicar. Sólo sé de su existencia.

Veo al Mar como a un ogro bueno, un monstruo de buen corazón. Un ser que devora lo que le tiran para luego escupir lo que puede, no todo, sólo lo que está al alcance de sus costas. Alguna vez, en Ibiza, dediqué mis mañanas a la recolección de objetos arrojados por el Mar durante las noches. Plásticos, casi siempre. Gomas y papel, otras tantas. Y metal, las menos.

La foto es de una playa en Punta de Mita, en Nayarit, México. Pero pudo haber sido en Ibiza, o en Mar del plata, en Argentina.

 

Fuera De Serie

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El joven de la foto ya no es tan joven, porque nació en el año de 1929. Hoy no tengo ganas de hacer cuentas, pero voy a decir que mi padre (que no es el joven de la foto) nació el mismo año y fue su amigo.

Julius Hollander no es un hombre común, y de ninguna manera me gusta llamarlo como muchos otros lo hacen: un sobreviviente. Porque la vida de Julius fue y sigue siendo, desde ya, mucho más que haber resistido 4 años en Auschwitz y a La Marcha de la Muerte.

No tengo intención, aquí y ahora, de escribir acerca de su vida. Para quienes deseen conocer más acerca de Julius, pueden hacerlo leyendo su libro repleto de anécdotas, terribles algunas, felices otras.

Quiero, en cambio, aprovechar mi tiempo para decir que Julius es mi amigo. Así me lo ha hecho sentir todas las veces en que he sido invitado a su casa. Todas las veces, también, que él ha visitado la nuestra. Quiero decir que cada vez que saludo a Julius, cada vez que estrecho su mano, cada vez que lo beso en su mejilla, una sensación de orgullo y de felicidad recorre mi espíritu, mi alma de historiador. Julius es un trozo de Historia, un ser humano que ha sido nombrado libro abierto por el Destino (aun sin él desearlo), un cronista del drama y de la alegría y un reflejo de lo que a mí jamás me ha tocado vivir.  Julius es, también, un ser humano con lágrimas que brotan en sus ojos cada vez que recuerda a su padre, o a su hermano, o al resto de su familia asesinada hace años.

Julius es un hombre admirable, y este texto es mi pequeño homenaje.

Un Hombre Cualquiera

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Por esas cosas de la vida a las que es mejor no buscarles explicación, terminé viviendo en un pequeño pueblo de Estados Unidos de nombre Cedarville, en el estado de Illinois. No es una queja, todo lo contrario. Cedarville cuenta con 750 habitantes, una estación de servicio, una oficina postal y una ruta inter estatal (I26) que divide al pueblo en dos. Desde ya, se trata de un lugar muy tranquilo.

Cedarville tiene en su haber un personaje célebre de la Historia Norteamericana: Jane Addams (1860-1935), quien fuera ganadora del Premio Nobel de la Paz de 1931 y fundadora de la  Women’s International League for Peace and Freedom. Sin embargo, no se trata de Jane de quien deseo escribir aquí.

En el mismo Cementerio de Cedarville donde reposan los restos de Jane Addams y su familia, se encuentra enterrado un ignoto personaje de nombre Walter Wilcoxon (foto) de quien nada, pero absolutamente nada, se sabe. Siendo este el detalle necesario para activar mi curiosidad, dediqué varias horas de una tarde de sábado a la búsqueda estéril de información. Nada hallé sobre Mr. Wilcoxon, excepto dos cosas: la primera, que nació en Maryland, a 840 millas de distancia de Cedarville (lugar donde falleció y fue enterrado a los 54 años de edad). ¿Qué motivó a Walter Wilcoxon a mudarse a Cedarville, una villa que no podemos asegurar que existiera en 1820? ¿Iba acaso Mr. Wilcoxon camino al Oeste? Es improbable, puesto que la conquista del Oeste americano no había comenzado aún. La segunda, y quizá la más curiosa: la tumba de Mr. Wilcoxon es la más antigua del Cementerio de Cedarville. No es un dato menor, ya que el cementerio cuenta con 1124 muertos en su haber. Quizá debiéramos otorgarle a Mr. Wilcoxon el título de fundador del Cementerio de Cedarville, en Illinois, y hacerle en algo justicia a un hombre que se atrevió a cruzar un país inhóspito, en un tiempo inhóspito, en busca de una mejor vida.

Alfred Jackson

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He aquí un hombre que vivió 98 años, nació vaya uno a saber en qué lugar de África, llegó a Tennessee quién sabe cómo y cuándo, fue vendido por un esclavista y comprado por otro, el séptimo presidente de los Estados Unidos de América, el general Andrew Jackson (1767-1845), quien fuera dueño de The Hermitage, su casa y plantación de algodón cerca de la ciudad de Nashville.

De los más de 300 esclavos que el General Jackson llegó a poseer, Alfred fue su favorito (por eso la familia lo adoptó otorgándole el apellido Jackson). Me atraviesa la mente el recuerdo de una película de Tarantino, Django en Cadenas: Alfred podría ser un caso similar al esclavo predilecto del esclavista que representa Leonardo Di Caprio.

Visitando The Hermitage, me llamaron la atención dos cosas: la primera, no tan espectacular, fue que Alfred, quien murió en 1901, sobrevivió a toda la familia Jackson. En otras palabras, el esclavo enterró al esclavista. La segunda, quizá tampoco espectacular pero si llamativa, siendo Alfred un hombre libre luego de la Emancipación de 1863, eligió quedarse en la casa de la familia Jackson hasta su muerte, aún cuando el resto de los esclavos escapaban y desaparecían de las plantaciones. No sólo eso, Alfred pidió ser enterrado junto al general Jackson y su mujer a la hora de su muerte, deseo que le fue concedido ubicándose su pequeña tumba a un lado de donde reposan sus antiguos dueños.

En el transcurso de su vida, Alfred se casó con una esclava (cuyo nombre no recuerdo) y tuvo dos hijos, de los que poco y nada se sabe.

Quiero agregar un dato interesante: cuando The Hermitage se convirtió en museo, Alfred se encargaría de los tours por la propiedad. Gente de todas partes, especialmente ricos, vendrían a visitar la plantación y a escuchar, de boca de un sobreviviente, cómo era aquella vida de esclavitud y algodón, cómo vivían aquellos 300 o más esclavos en la propiedad del general Jackson y cómo era la vida del séptimo presidente de los Estados Unidos y su familia. Antes de irse los visitantes, Alfred les cobraría por una foto junto a él.

 

Roma y Caravaggio

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Cuatro veces fui a Roma. No son muchas en 47 años. Sin embargo, cada una de esas visitas ha sido extraordinaria. Uno de esos lugares, me gusta decir, donde no se hallan inconvenientes, donde todo siempre sale bien, donde la gente parece que no hace otra cosa que disfrutar. Quizá no sea del todo cierto. Pero lo es para mí.

Una y otra vez, he visitado los mismos lugares. Ya se sabe: el Coliseo, el Foro, las Termas de Caracalla, la Plaza Spagna, el Panteón (quizá mi edificio preferido), las catacumbas de San Calixto, y he llegado a tirar el mapa a la basura. Quiero decir, en Roma no hace falta una guía, no hace falta un tour, ni siquiera hace falta una explicación. Roma es un producto para los ojos y un relajo para los sentimientos.

Hace muchos años comprendí, o alguien me lo enseñó, que el conocimiento es inabarcable en su totalidad. Y Roma también lo es. Mi sugerencia, (que podría aplicarse a cualquier otra ciudad similar…, perdón, esto no es cierto, esa ciudad no existe), es simple: viajen a Roma, alójense en un hotel tres estrellas con desayuno incluido, vistan bermudas, salgan a caminar, busquen y encuentren todas las pinturas de Caravaggio si lo desean, y luego, piérdanse. En cada esquina, en cada rincón, en cada pasaje, hay algo para ver, diría yo, algo que logrará detener al curioso.

No sé quien es el hombre que pesca en el Tiber. No me vio cuando le tomé la foto (aunque nunca se sabe con los italianos porque podrían siempre estar posando para el turista). Recuerdo que el calor era casi insoportable. Y recuerdo, también, haber pensado que ese hombre representaba a la ciudad de Roma de la misma forma en que lo haría cualquiera de sus edificios.

De Las Cosas Inverosímiles

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Me hallaba yo en la habitación 811 de un hotel de la ciudad de Guadalajara, en México, leyendo desinteresadamente un artículo sobre ETHELRED II, rey de Inglaterra entre los años 978 y 1013 (y quien fuera Rey de Inglaterra por segunda vez durante un corto período entre los años 1014 a 1016), cuando descubrí que ese mismo día, Sábado 23 de Abril de 2016, se cumplían exactamente mil años de la muerte de dicho personaje.

Alguien podrá decir que esta casualidad, o coincidencia, podría ser una señal o signo de algo. No podría, con seguridad, asegurarlo, pero de lo que sí puedo dar cuenta aquí es del asombro que ha provocado en mí tan insignificante, y a la vez, tan inverosímil detalle.