Berold, El Carnicero de Rouen

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“By None But Me Can The Tale Be Told, The Butcher Of Rouen, Poor Berold. Twas A Royal Train Put Forth The Sea, Yet The Tale Can Be Told By None But Me.” Dante Gabriel Rossetti, 1878-1880.

He aquí una interesante historia acerca de otro de esos personajes que, cada tanto, se mezclan en la vida de quienes, supuestamente, han hecho, o han creado o incluso redactado, la Historia. Un absoluto Don Nadie quien, manipulado por el Destino, ha conseguido colocar su nombre en prestigiosos libros que abundan en Reyes, Reinas y Nobles.

El 25 de Noviembre de 1120, Berold, el Carnicero de Rouen, visitaba el puerto de Barfleur, en las costas de Normandía. Debido a que ciertos nobles ingleses le debían dinero por servicios prestados anteriormente, (entre ellos William The Aetheling, hijo legítimo y heredero al trono de su padre, Enrique I de Inglaterra), Berold el Carnicero decide, por cuenta propia, abordar el White Ship, la embarcación que los cruzaría a todos (al carnicero, los nobles, el hijo del rey y otros más de 250 importantísimos invitados) de vuelta a Inglaterra. Su único objetivo era recuperar algo del dinero perdido.

Podemos imaginar al hombre común, al carnicero, desprovisto de la más mínima gota de sangre azul, intentando cobrar algunas monedas de manos de nobles que lo evitarían, o menospreciarían, con palabras o con la mirada, o quienes le ofrecerían excusas inciertas, o promesas de pagos posteriores a la llegada a las costas de Inglaterra.

Todo era jolgorio a bordo del White Ship, donde William the Aetheling  no escatimó en litros y litros de un vino francés de buena calidad para agasajar a sus amigos, continuando con los festejos de la victoria militar sobre Luis VI de Francia en la batalla de Brémule. No solo los nobles tomaron vino en demasía, también la tripulación del barco y su capitán, un marino de holgada experiencia de nombre Thomas FitzStephen, quien fuera hijo de otro marino de nombre Stephen FitzAirard quien comandara, años atrás, la embarcación de nombre Mora, una de las tantas naves de William I, o William The Conqueror, o William The Bastard, que en 1066 invadieron, por última vez y quizá para siempre, la isla inglesa.

Tanto fue el abuso de alcohol, que algunos de los invitados decidieron bajarse de la nave y quedarse en Barfleur debido al malestar o, en el particular caso de Stephen de Blois, obligado por una espantosa diarrea difícil de controlar.

De más está decir que en aquella época, un barco que zarpa de noche con 300 borrachos intentando cruzar las traicioneras aguas del Canal de Inglaterra, no podía ser otra cosa más que una invitación a la desgracia.

En este punto, las similitudes con el accidente del Titanic son llamativas en cuatro oportunidades: primero, porque el White Ship arremete contra una roca (símil iceberg) a medio sumergir en aguas abiertas y a toda velocidad; segundo, porque la roca abre un boquete en el casco de la nave imposible de tapar; tercero, porque al suceder dicho evento en el mes de Noviembre, las aguas del Canal de Inglaterra estaban helando (haciendo imposible la supervivencia de quienes flotaban aquí y allá en la oscuridad del mar).

La cuarta coincidencia con el desastre del Titanic merece un párrafo aparte:

Ya hemos dicho que en el White Ship viajaba el Príncipe heredero del trono de Inglaterra, William the Aetheling. Al momento del accidente, el príncipe fue rescatado por su guardia personal, quienes prestos y violentamente empujando al agua a otras innecesarias personas, lo pusieron a resguardo en el único bote salvavidas existente. El Príncipe, entonces, estaba a salvo. Sin embargo, cuando el privilegiado grupo escapaba remando despacio y sin levantar la perdiz del infortunio, William oyó, o por lo menos creyó oír, los gritos desesperados de su media hermana Matilda, quien moría de frío y de soledad en las aguas escarchadas y entre otros tantos desdichados. Y fue en ese instante, cuando el Príncipe toma la decisión que lo llevaría a su tumba, o lo que es lo mismo, al fondo del mar. En un intento por rescatar a Matilda, William ordena regresar a los restos a flote del White Ship, para toparse con un turba de desesperados que en su afán por salvarse, dieron vuelta el esquife matándolos a todos. Ni el Príncipe, ni su guardia, ni los nobles, ni Matilda, ni el Capitán, de quien se dice que se dejó ahogar para no tener que enfrentar al Rey, ni los otros doscientos cincuenta pasajeros sobrevivieron al accidente.

Solamente Berold, el Carnicero de Rouen, aferrándose con uñas y dientes a la roca que hubo causado la calamidad, salvó su vida.

Se han dicho varias cosas posteriores al hundimiento del White Ship, todas rayando en la leyenda, todas interesantes: que el cuerpo del Conde de Chester apareció varios meses después en alguna costa de Normandía vistiendo finas telas, que nadie se animaba a decirle al Rey, Enrique I de Inglaterra, que su único hijo varón había muerto, que tardaron dos días en darle al Rey la mala noticia, y que cuando lo hicieron, fue a través de un niño tartamudo. Que el episodio desató a futuro una guerra civil en Inglaterra por la Sucesión al trono, y que Enrique I jamás volvió a sonreír.

 

Mespelbrunn

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Recuerdo un largo día de Junio de 2016 en la ciudad de Nuremberg.

En 1945, posterior a los constantes bombardeos y a la invasión de los aliados, de Nuremberg no quedaban más que ruinas. Fue en algún momento de ese mismo día cuando me pregunté: ¿Qué es lo que estoy viendo aquí? ¿Qué son éstas ruinas, ésta Catedral o ése Castillo? ¿Acaso nada más que reconstrucciones de lo que alguna vez fueron edificios históricos?

El Castillo de Mespelbrunn (foto), por el contrario, muestra la torre circular intacta del Siglo XV, y el resto de su estructura del Siglo XVI. Sus dueños: la familia Echter. La conclusión es simple: la propiedad se salvó de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial debido a su ubicación, lejos de cualquier objetivo militar.

Luego de pagar la entrada, me avisaron que el tour dentro del Castillo era en alemán. De más está decir que no entendí absolutamente nada. Sin embargo, tampoco hizo falta. El interior del Castillo se disfruta a la vista. ¿Qué podría decir un guía acerca de una espada, o de una mesa de ajedrez, o de una ventana con vista a la laguna?

También, se disfruta desde los jardines. La foto fue tomada desde una mesa y luego de dos o tres cervezas claras. Mespelbrunn es uno de esos sitios que cuesta abandonar, donde nadie se anima a ser el primero en decir “vamos, ya está, ya fue, sigamos viajando”. No miento si digo que ahí sentado, lo admiré todo durante una hora y media. El clima de Junio ayudó bastante.

Volvería, pero sólo para caminar el jardín, tomar una cerveza más y fotografiar al cisne que, cada tanto, se deja ver.

 

 

 

La Basura Triste

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La tristeza existe en la basura.

Lo que la basura transmite, o muestra, no es más que aquello que ha sido desechado, u olvidado. La sensación de la tristeza, y una suerte de agobio provocado, quizá, por cierta impotencia.

Es fácil decir “no es mi culpa” porque definitivamente yo no he tirado esa basura ahí, en esa playa que podría ser, digamos, cualquier playa de México. Sin embargo, siendo el ser humano el Gran Creador de la Basura, pues yo también debo, en alguna medida, ser responsable.

Creo que existe una diferencia entre la basura que se halla al costado de un ruta, y la basura que se halla a la orilla del mar. Sin embargo, es una distinción que no logro explicar. Sólo sé de su existencia.

Veo al Mar como a un ogro bueno, un monstruo de buen corazón. Un ser que devora lo que le tiran para luego escupir lo que puede, no todo, sólo lo que está al alcance de sus costas. Alguna vez, en Ibiza, dediqué mis mañanas a la recolección de objetos arrojados por el Mar durante las noches. Plásticos, casi siempre. Gomas y papel, otras tantas. Y metal, las menos.

La foto es de una playa en Punta de Mita, en Nayarit, México. Pero pudo haber sido en Ibiza, o en Mar del plata, en Argentina.

 

Fuera De Serie

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El joven de la foto ya no es tan joven, porque nació en el año de 1929. Hoy no tengo ganas de hacer cuentas, pero voy a decir que mi padre (que no es el joven de la foto) nació el mismo año y fue su amigo.

Julius Hollander no es un hombre común, y de ninguna manera me gusta llamarlo como muchos otros lo hacen: un sobreviviente. Porque la vida de Julius fue y sigue siendo, desde ya, mucho más que haber resistido 4 años en Auschwitz y a La Marcha de la Muerte.

No tengo intención, aquí y ahora, de escribir acerca de su vida. Para quienes deseen conocer más acerca de Julius, pueden hacerlo leyendo su libro repleto de anécdotas, terribles algunas, felices otras.

Quiero, en cambio, aprovechar mi tiempo para decir que Julius es mi amigo. Así me lo ha hecho sentir todas las veces en que he sido invitado a su casa. Todas las veces, también, que él ha visitado la nuestra. Quiero decir que cada vez que saludo a Julius, cada vez que estrecho su mano, cada vez que lo beso en su mejilla, una sensación de orgullo y de felicidad recorre mi espíritu, mi alma de historiador. Julius es un trozo de Historia, un ser humano que ha sido nombrado libro abierto por el Destino (aun sin él desearlo), un cronista del drama y de la alegría y un reflejo de lo que a mí jamás me ha tocado vivir.  Julius es, también, un ser humano con lágrimas que brotan en sus ojos cada vez que recuerda a su padre, o a su hermano, o al resto de su familia asesinada hace años.

Julius es un hombre admirable, y este texto es mi pequeño homenaje.

Un Hombre Cualquiera

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Por esas cosas de la vida a las que es mejor no buscarles explicación, terminé viviendo en un pequeño pueblo de Estados Unidos de nombre Cedarville, en el estado de Illinois. No es una queja, todo lo contrario. Cedarville cuenta con 750 habitantes, una estación de servicio, una oficina postal y una ruta inter estatal (I26) que divide al pueblo en dos. Desde ya, se trata de un lugar muy tranquilo.

Cedarville tiene en su haber un personaje célebre de la Historia Norteamericana: Jane Addams (1860-1935), quien fuera ganadora del Premio Nobel de la Paz de 1931 y fundadora de la  Women’s International League for Peace and Freedom. Sin embargo, no se trata de Jane de quien deseo escribir aquí.

En el mismo Cementerio de Cedarville donde reposan los restos de Jane Addams y su familia, se encuentra enterrado un ignoto personaje de nombre Walter Wilcoxon (foto) de quien nada, pero absolutamente nada, se sabe. Siendo este el detalle necesario para activar mi curiosidad, dediqué varias horas de una tarde de sábado a la búsqueda estéril de información. Nada hallé sobre Mr. Wilcoxon, excepto dos cosas: la primera, que nació en Maryland, a 840 millas de distancia de Cedarville (lugar donde falleció y fue enterrado a los 54 años de edad). ¿Qué motivó a Walter Wilcoxon a mudarse a Cedarville, una villa que no podemos asegurar que existiera en 1820? ¿Iba acaso Mr. Wilcoxon camino al Oeste? Es improbable, puesto que la conquista del Oeste americano no había comenzado aún. La segunda, y quizá la más curiosa: la tumba de Mr. Wilcoxon es la más antigua del Cementerio de Cedarville. No es un dato menor, ya que el cementerio cuenta con 1124 muertos en su haber. Quizá debiéramos otorgarle a Mr. Wilcoxon el título de fundador del Cementerio de Cedarville, en Illinois, y hacerle en algo justicia a un hombre que se atrevió a cruzar un país inhóspito, en un tiempo inhóspito, en busca de una mejor vida.

Alfred Jackson

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He aquí un hombre que vivió 98 años, nació vaya uno a saber en qué lugar de África, llegó a Tennessee quién sabe cómo y cuándo, fue vendido por un esclavista y comprado por otro, el séptimo presidente de los Estados Unidos de América, el general Andrew Jackson (1767-1845), quien fuera dueño de The Hermitage, su casa y plantación de algodón cerca de la ciudad de Nashville.

De los más de 300 esclavos que el General Jackson llegó a poseer, Alfred fue su favorito (por eso la familia lo adoptó otorgándole el apellido Jackson). Me atraviesa la mente el recuerdo de una película de Tarantino, Django en Cadenas: Alfred podría ser un caso similar al esclavo predilecto del esclavista que representa Leonardo Di Caprio.

Visitando The Hermitage, me llamaron la atención dos cosas: la primera, no tan espectacular, fue que Alfred, quien murió en 1901, sobrevivió a toda la familia Jackson. En otras palabras, el esclavo enterró al esclavista. La segunda, quizá tampoco espectacular pero si llamativa, siendo Alfred un hombre libre luego de la Emancipación de 1863, eligió quedarse en la casa de la familia Jackson hasta su muerte, aún cuando el resto de los esclavos escapaban y desaparecían de las plantaciones. No sólo eso, Alfred pidió ser enterrado junto al general Jackson y su mujer a la hora de su muerte, deseo que le fue concedido ubicándose su pequeña tumba a un lado de donde reposan sus antiguos dueños.

En el transcurso de su vida, Alfred se casó con una esclava (cuyo nombre no recuerdo) y tuvo dos hijos, de los que poco y nada se sabe.

Quiero agregar un dato interesante: cuando The Hermitage se convirtió en museo, Alfred se encargaría de los tours por la propiedad. Gente de todas partes, especialmente ricos, vendrían a visitar la plantación y a escuchar, de boca de un sobreviviente, cómo era aquella vida de esclavitud y algodón, cómo vivían aquellos 300 o más esclavos en la propiedad del general Jackson y cómo era la vida del séptimo presidente de los Estados Unidos y su familia. Antes de irse los visitantes, Alfred les cobraría por una foto junto a él.

 

Roma y Caravaggio

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Cuatro veces fui a Roma. No son muchas en 47 años. Sin embargo, cada una de esas visitas ha sido extraordinaria. Uno de esos lugares, me gusta decir, donde no se hallan inconvenientes, donde todo siempre sale bien, donde la gente parece que no hace otra cosa que disfrutar. Quizá no sea del todo cierto. Pero lo es para mí.

Una y otra vez, he visitado los mismos lugares. Ya se sabe: el Coliseo, el Foro, las Termas de Caracalla, la Plaza Spagna, el Panteón (quizá mi edificio preferido), las catacumbas de San Calixto, y he llegado a tirar el mapa a la basura. Quiero decir, en Roma no hace falta una guía, no hace falta un tour, ni siquiera hace falta una explicación. Roma es un producto para los ojos y un relajo para los sentimientos.

Hace muchos años comprendí, o alguien me lo enseñó, que el conocimiento es inabarcable en su totalidad. Y Roma también lo es. Mi sugerencia, (que podría aplicarse a cualquier otra ciudad similar…, perdón, esto no es cierto, esa ciudad no existe), es simple: viajen a Roma, alójense en un hotel tres estrellas con desayuno incluido, vistan bermudas, salgan a caminar, busquen y encuentren todas las pinturas de Caravaggio si lo desean, y luego, piérdanse. En cada esquina, en cada rincón, en cada pasaje, hay algo para ver, diría yo, algo que logrará detener al curioso.

No sé quien es el hombre que pesca en el Tiber. No me vio cuando le tomé la foto (aunque nunca se sabe con los italianos porque podrían siempre estar posando para el turista). Recuerdo que el calor era casi insoportable. Y recuerdo, también, haber pensado que ese hombre representaba a la ciudad de Roma de la misma forma en que lo haría cualquiera de sus edificios.